La muerte de un blog
Durante seis años me he volcado en The Last Dance, lo he alimentado de peleas emocionales, fracasos sentimentales, pasiones, venganzas, ficciones y construcciones de mi personalidad predominante y de las otras, un poquito, también.
Harta de ser hackeada, jodida y estafada me moví a otro servidor, que me sirve, sí, pero que no se traga mis versiones antiguas de las cosas.
Es como las madres cuando te detectan el aliento.
Me siento más fracasada que nunca, como si llevara años entrenando para unos juegos olímpicos cancelados por la censura. Yo no creo en los juegos olímpicos. No sé porqué habré creído nunca en algo que se parece a ellos.
Una olimpiada eterna de datos que no pueden ser leídos, perdidos en el abismo para siempre. El archivo que los encierra se va a la deriva, ni siquiera se desintegra, pero vaga en el espacio negro, sin cable que una su cápsula a la estación especial, perdiéndose en la memoria, poco a poco, hasta que deje de importar.